Sep 102009
 

Sostenida por mi inquebrantable fuerza de voluntad, me mantenía aferrada a mi habitual pose: los hombros encorvados con los brazos tiesos, las rodillas a punto de quebrarse por la tensión y los pies arraigados al suelo como si fueran pezuñas de hierro. Aunque me encontraba envuelta en la más exquisita seda, mi cuerpo no se dejaba seducir ni por un instante. Ya llevaba muchos años viviendo en esa postura. Nada ni nadie me sacaría de ella, ni siquiera las brillantes medallas que relucían en mi pecho.

Todo el mundo a mi alrededor celebraba mis logros. Me acababa de graduar de la escuela secundaria con una multitud de premios. Me felicitaban y me elogiaban, pero yo me mantenía distante, casi a la defensiva. En mi rostro no se asomaba ni una leve expresión de alegría. Sabía que estas victorias eran sólo el comienzo, que todavía tendría que pelear muchísimas batallas antes de alcanzar el éxito absoluto.

Quizás por fuera, ante los ojos que no se atreven a traspasar las apariencias, yo parecía una chica afortunada, tal vez demasiado delgada y exageradamente perfeccionista, pero afortunada. Una joven inteligente y disciplinada que había sabido aprovechar las oportunidades que sólo se presentan una vez en la vida y que no había perdido el tiempo, ni con fiestas ni con chicos. Una mujer joven, aunque todavía parecía una niña, que tenía su vida por delante.

En mi mente yo también me consideraba una persona que sabía mantener su vida bajo control. Había logrado todo lo que me había propuesto hasta entonces. Había alcanzado algo que para muchas mujeres es tan sólo un efímero sueño: detener el salvaje crecimiento de las caderas y los senos, de los muslos y las piernas, borrar la exuberancia latente antes de que tomara posesión de mi cuerpo. A los 18 años pesaba la misma cantidad de libras que pesaba cuando tenía 12 años.

Para mí este logro no era menos importante que las medallas que colgaban de mi pecho. Los premios y las 85 libras formaban parte de la misma estrategia, tenían un fin común. Las personas a mi alrededor no lo sospechaban, no sabían que mi cuerpo y, no las matemáticas ni las ciencias ni las letras, era el campo que mejor dominaba.

Eso pensaba mi mente. Si hubiese sido capaz de sentir lo que se escondía dentro de aquella armadura, me habría dado cuenta de que el control era sólo una ilusión de poder. Años después, cuando me encontré al borde de un abismo, mi cuerpo me contó la historia que siempre había intentado contarme.

Esa es la historia que comparto en mi libro CuerpoAdentro: Rescate poético del cuerpo de la mujer un viaje por las heridas emocionales de la anorexia, una mirada profunda a las vivencias del cuerpo y del alma que me ayudaron a amar mi cuerpo.

Lee mas acerca del libro aquí.

La autora

Corazón Tierra “DanzaDiosas” es una de las pocas mujeres en el planeta que se ha sanado de la anorexia y que de esa experiencia ha desarrollado un sistema que ayuda a rescatar la armonia entre el cuerpo y el alma. Su misión es ayudar a la gente a que se ame sin condiciones y a que vivan felices en sus cuerpos. Cumple con esta misión mediante sus publicaciones digitales, su blog, libros, columnas, presentaciones de danza-teatro, talleres, charlas y mediante la campaña de autoestima corporal No te hagas pequeña. Como escritora, editora, bailaora, performera, poeta y experta en autoestima corporal, Corazón ayuda a las mujeres a que amen sus cuerpos y despierten a su Diosa Interior. Miles de mujeres en tres continentes han aprendido a recuperar la armonía entre el cuerpo y el alma mediante las creaciones y talleres de Corazón. Contacta a Corazon Tierra

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